marzo 18, 2026

LOS PLATOS SIN NOMBRE

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Me subí en un viejo neceser lleno de hilos, botones y alfileres para usarlo de escalera y alcancé de un tirón las revistas de Buen Hogar del clóset. Aquel día, muy al fondo y como si no quisieran ser encontradas, di con unas viejas revistas de Playboy pero esa es otra historia, como la de aquel día que hurgando papeles me topé con el acta de nacimiento de mi papá y leí: “Se presentó como madre natural Doña…. a registrar como hijo natural a…” y me llamó la atención que sólo era ella y lo registraba con sus mismos apellidos y ya, ¿No faltaba algo?, yo ya leía a esa corta edad y aunque necesitaba escalera para alcanzar las cosas ya entendía algo de la vida.

Mi hipótesis de hacer relaciones cruzadas entre plantas y platos es algo que estoy analizando de por qué soy lo que soy, o ya veremos.

Al tomar esa acta y leerla varias veces no necesité mucha explicación. Recordé que unos años atrás jugaba con unas primas a escribir nuestros nombres y pregunté a las tías: "¿Por qué si somos primas no llevamos el mismo apellido?” y sólo respondieron:

“Porque así es”.  

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Yo volví a mostrarles con insistencia los apellidos escritos mostrando de nuevo las notables diferencias y en grupo me contestaron: “No preguntes”.  Fui la única niña que preguntó. Yo ya sabía que no había abuelo, nunca lo conocí, pero pensé que compartíamos al mismo desconocido en ese lado de la historia.

Me recuerdo sentada en el patio entre algunas macetas de plantas tragándome mi insistencia, donde ya no dije nada, porque mi mamá con los ojos me dijo que me callara y yo sentí el incómodo secreto que se ma atoraba en la garganta; ese mismo que para mí fue tan fácil de encontrar en la carpeta de las cosas importantes junto a una torre de revistas Buen Hogar en el clóset, ese que yo ya había leído la faltante de renglón de nombre en el acta pero no había podido redondear la historia porque era muy niña; pero sí entendía que alguien no tuvo papá.

En algún recóndito lugar se sembró la posibilidad de averiguarlo algún día y me acompañó la intriga muchos años.

Las pocas imágenes que tengo de mi abuela paterna era verla parada en el centro de su patio entre macetas y gallinas; su pequeña y limpísima cocina con platos de peltre colgados en la pared, cobijas floreadas, rebozos colorados y esas natas frescas de leche bronca que me servía con un bolillo o una tortilla recién hecha; me cuelgan los pies de la silla para esperar el plato con su cremoso tesoro blanco que salía de la olla de peltre con la leche hervida y ella tomando magistralmente la orilla de la nata. A pesar que los encuentros fueron muy pocos y las historias terriblemente mal contadas fueron más, si creo que hay escenas y sensaciones que se quedan grabadas y que moldean esos estímulos visuales que uno convierte en algo más con el paso del tiempo.

Al apartarme las natas o servirme una tortilla hecha a mano, era como si fuera una invitada con servicio especial. No era nada cariñosa ni comunicativa y menos con una niña que la veía una vez al año. Siempre sentí que me veía raro. Cuando he pensado en las sensaciones que me dan ciertos objetos, estampados y extraños placeres sensoriales, creo que tal vez ese pequeño conjunto de cosas que eran distintas para mí y las vivía una vez al año, me grabaron las primeras sensaciones de servir un manjar y el cómo te hace sentir.

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Mientras mi papá platicaba con ella en la cocina, yo deambulaba en el patio observando todo: era una casita de pueblo muy sencilla de distribución incomprensible para mi edad donde veía pasaban muchas escenas dentro de un mismo terreno: en esos fragmentos de recuerdo veo animales, macetas de distintos tamaños con flores, tejabanes, cuartos con muchas camas, armas cortas y largas (sí, eran otros tiempos y lugares), nueras laboriosas lavando y colgando pulcramente ropa en los tendederos y esa pequeña cocina con la mesa pegada a la pared, mantel y plástico protector que dejaba transparentar estampados de flores alegres que sostenían tu plato de peltre para comer más tarde un pollo rostizado con las tortillas más ricas con sal que he comido en mi vida y así finalizar la visita.

Mi esposo sabe que soy super tortillera, las cosas de masa como sopes y tlacoyos me dan un placer raro y aunque no los acostumbro si veo un comal recibiendo una de esas maravillas pido una, se me hace agua la boca y son recuerdos y sabores que se quedan impregnados de por vida. Pienso que en muchas de las cosas de como tenemos hobbies o arreglamos nuestro entorno tienen un rasgo de un gen de alguien.

Ese momento sentada en el patio con las demás niñas no me quitó ni me agregó nada más que la pregunta del millón:

“¿Quién sabrá de dónde vengo realmente hacia atrás antes de mi padre?

¿Quién fue el suyo? ¿Cuál hubiera sido su verdadero apellido?”

Y me voy a morir sin saberlo porque un nombre es sólo eso y si yo tuve esa curiosidad no quiero imaginar toda una vida que mi papá pasó sin saberlo sintiéndo algo más hondo que una simple curiosidad.

Esas revistas de Buen Hogar que yo alcanzaba del clóset siento que también me hicieron algo en el tema de plantas y contarme otras historias. Ese clóset era una diversión absoluta: las revistas de Buen Hogar moldeaban una estética que me encantaba hojear: Veía esas fotos de interiores de unas casotas de los años 70 ´s , mucho ratán y familias felices con una hermosa selva de plantas adentro de sus casas, parecía algo tan feliz, al menos en las páginas.

También en mi casa se cosían cortinas, se hacían fundas, había un buen número de plantas de buen tamaño y un pequeño jardín donde yo dejé la imaginación entre pensamientos de colores morado con blanco o rosa con blanco y un pasto bien rapadito con las orillas bien delineadas que mi papá solía cuidar.

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La diversión del clóset seguía con papeles importantes que tal vez no eran tanto porque me dejaban jugar con algunos documentos caducos al banco y a la oficina; yo les hacía trámites a mis papás engrapando hojas, firmando documentos, picándole a la sumadora y me inventaba mucho trabajo por hacer.

Ese neceser me dejó alcanzar otra altura de la vida y otras cosas que no debía de agarrar o ver, pero yo ya sabía cómo era un cuerpo femenino adulto y sólo pensaba que eran cosas de grandes y ya, no me traumaticé de verlas.

Lo que alimentó a mal esos encuentros revisteros años después, es cuando escuchabas las sentencias de una tía o a tu mamá o en la iglesia deciendo que eso era pecado; ahí se impregnaba el trauma, la culpa y el horror como estampita sin otra explicación o ganas de cuestionar las cosas, así como esa frase que me gritaron en el patio:

“Porque así es” “No preguntes”.

Ah, entonces es pecado. Ah, entonces no hubo padre. Nunca dije a nadie que alcancé las revistas prohibidas ni el acta de nacimiento de la misma manera que me tuve que aguantar toda mi vida a no saber nada de lo que yo quería saber, de la misma manera que nunca he dicho tantas cosas.

Tal vez por eso me encantaban esas páginas de Buen Hogar, todo era bonito: manualidades, interiores serenos, plantas, la fotografía de las recetas y pura felicidad; yo veía esas sillas de ratán con una mujer guapísima en kaftan, maquillada y con accesorios y no sé, algo pasó, algo se me metió; era todo muy bonito, era muy niña pero sentía mucha atracción visual. Y si bien no creo que “sentía la estética” de las cosas, el orden y las fotos sonrientes que modelaban una vida tranquila y bonita posiblemente eso sí lo captaba: hambre de calma.

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A veces me asombra pensar que entre los secretos que uno deja también deja muchas plantas.

Algunas veces pienso en las que se quedan abandonadas cuando las abuelas mueren y solo ellas saben de dónde salieron y por qué, las que se quedan abandonadas en una casa de la que alguien huyó sin darle el justo significado y respeto a las cosas y la historia, las que siguieron creciendo en silencio y tienen recuerdos de alguna infancia que ahí quedó enterrada, las que hablan de descuido y depresión, las que yo he dejado en otros domicilios, las que hoy tengo y un día voy a tener que dejar también.

Creo que las plantas hablan mucho de uno, de su vida interna, del detalle y del deseo de mantener la vida en un estado de tranquilidad. Esas revistas, ese jardín, era el pretexto perfecto para perderme en mis pensamientos y para tener la libertad de imaginar otras cosas.

Hace un par de meses, escribiendo algo de mezclar platos en la mesa para el blog, de pronto di una pausa en el teclado y me invadió un recuerdo muy viejo que yo había olvidado:

Eran los años de cuando vivía en mi depa sola: un día mi papá me visitó y me trajo dos platos de melamina estampados con flores y me dijo: “Te manda saludar tu abuela, ya le había contado que vivías sola y te mandó estos dos platos, tal vez no son de tu gusto, pero ya está muy viejita y lo hizo con mucho cariño”, yo me emocioné porque estaban estampados raros todos “kitsch “y le dije que me habían encantado.

Yo lo había acompañado unos meses antes a verla y esa fue la última vez que la vi: le pregunté por el nombre de una planta para hacerle plática, le conté rápido de mi profesión, de mi departamento sin muebles, de mi novio, me dijo que yo iba a tener un día gemelos y en cuanto vi el hueco le pregunté:

“Abuelita, ¿Quién fue el papá de mi papá?” hizo una pausa, me sostuvo con mucho carácter la mirada y luego la desvió al patio y me dijo algo así como del clima y las flores de una maceta como si yo no hubiera hecho esa pregunta. Volví a insistir sin conseguir respuesta.

El recuerdo de los dos platos me invadió ese día escribiendo y Alonso me encontró llorando en la sala, no estaba triste, me alegró tanto haber encontrado un recuerdo bonito que tenía más de 10 años enterrado con esos dos platos de melamina que tuve en mi depa.

Fue una pausa rarísima que me detuvo ese día lo que estaba escribiendo para el blog y una sensación muy fuerte cuando la mente jaló ese recuerdo; y pensé: "Entonces, tal vez solo entonces y aunque ya no crea en cielo ni religiones como me lo pintaban de niña, la presencia de algo, lo inexplicable tal vez como un saludo, no sé, tal vez sucedió".

Tuvieron que pasar muchos años y hacerme adulta para saber que hay vínculos que se tienen que ver poco y vivir de lejos, pero a pesar de que fueron encuentros a los que nos acercaron muy poco porque entre hijos y padres se cargan historias que a veces terminan mejor a la distancia, esos platos, patios, tortillas y natas algo influyeron en el canasto de disfrute de cosas y placeres que me pasan hoy.

Algo se queda, aún si el encuentro fue breve. Volver a ese recuerdo tan vivo más de 10 años después donde me mandó esos dos platos, me hizo sentir que pensaron en mí, en mi plato de natas y en mi tortilla que apretaba con sal aprendiendo los primeros rasgos de la gloria absoluta.

Aún no he llegado a mi época de kaftanes pero nunca imaginé que iba a extender el placer, la vida y lo bonito a través de las plantas.

Mis plantas y mi jardín han sido una especie de terapia sanadora porque uno se va con errores en la vida.

Definitivamente uno deja su registro por donde pasa y va más allá del nombre que dice el registro civil en una hoja de papel; uno crea con lo que lleva dentro, lo que vió, lo que probó, lo que escuchó, lo que tuvo que reconstruir para dejar que la vida te enseñe a sumar cosas nuevas y dejar las culpígeneas y dramáticas; y si bien es cierto que tengo plantas bien dramáticas, ese drama sí que me gusta; tiene esa cosa estética, abundante, selvática, sexy, frondosa, plena y extravagante; tiene algo de esa niña con revistas de señora con hambre y deseo de bienestar que ama a las plantas y lo que le han dado, tienen algo que conecta y llena los huecos de las historias inclonclusas permitiendo formar otras en las que se puede conectar con lo bonito diariamente.

Llevamos dentro memorias y vidas desconocidas yo nunca pude completar el rompecabezas, pero aún así es un privilegio que se pueda sentir tanta vida sin importar los secretos, dolores y silencios heredados.

El sentimiento de abandono y no ser visto es muy doloroso, alguien te dejó un día muy chiquito y no te eligió o incluso pueden estar físicamente toda la vida pero no están ahí. Hay una oportunidad o extraña belleza que dejan los abandonos cuando los enfrentas lentamente: no das por hecho que algo es bello porque sí, lo buscas, lo admiras, lo atesoras; la búsqueda de paz y amor propio se convierte en algo más grande que cualquier otro éxito. Hay mujeres que hacemos el corte al no tener hijos donde se crea y se da vida a lo bonito, donde ya no hay misterio, secretos, ni habrá abandono; donde ya no hay que ser padre o madre del padre o de la madre, ya no hay faltantes, solo variedades de plantas por conocer.