diciembre 08, 2017

LECCIONES DE FIN DE AÑO

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Soy mala para meterme al mar y similares profundos, lo hago con algo de miedo pero aún así lo hago.

Acabé explorando un poco en parte de los arrecifes más grandes que pasan frente a Cozumel -con snorkel claro y un chaleco porque en otra laguna que fui y no usé, el regreso me pareció eterno.

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Cuando vi la profundidad que cada vez se hacía mayor entre más avanzaba, tuve una mezcla de ganas por seguir descubriendo más y de susto al mismo tiempo.

Veía cómo Alonso con tanta facilidad se clavaba hasta abajo haciéndome mil señas para ver pasar rápidamente los colores que nadaban a nuestro al rededor y las transparencias flotantes casi espaciales que nos hacían detenernos y sólo observar; flotando en silencio, juntos, para solo admirar sin pensar en nada más.

Ahí, fue cuando aprendí lo que es estar juntos en lo profundo y en la nada.

Porque somos tan variados como cartón de lotería, no siempre llenamos toda la carta a la perfección, nos falta o nos sobra y no siempre lo que sobra es de lo mejor.

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Y es que, lo más complejo como humanos es poder aceptar que las cosas no son perfectas, o buenas o terriblemente malas, sino que muchas veces nos cuesta trabajo adaptarnos a ver el vaso medio lleno.

Ver lo que sí hay.

En cada día al igual que una vacación, siempre se descubre que tanto estamos dispuestos a dar, aventurarnos o sacrificar. 

Se descubre cómo soltar las exigencias personales así como el cuerpo en el agua, enfrentando nuevas decisiones y descubrimientos en búsqueda de una mejor calidad de vida.


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Para mí, el malabarismo real, auténtico y no aspiracional de una red social que alimenta el blog con fotos bonitas como las que comparto por aquí, es precisamente poder dejar espacio para la historia real, la que cuenta más que esa foto colorida o un momento "perfecto" de pareja.

Porque no, no es perfecto.

Lo que pasa es, que buscamos como muchos esa sensación de un descubrimiento nuevo, ese que te va invadiendo poco a poco cuando empiezas a tratar de aceptar lo que cuesta trabajo y reconocer mutuamente el esfuerzo que ponemos en lo que hacemos.

Esa sensación que cuestiona que posiblemente no lo hacemos mal, pero tampoco tan bien; esa sensación que se siente como un respiro nuevo fuera del agua para agarrar aire de nuevo y volverte a sumergir con algo de esperanza.

Que te dice que busques algo más allá de las auto exigencias, que busques algo que sea lo suficientemente bueno para que nos deje algo más, algo que nos haga crecer.


Y a veces eso es lo difícil de ver. 

Uno sólo ve colores bonitos y ya.

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Construir una historia real es aprender, aceptar y re enamorarte hasta de tus limitaciones, esas que no veías antes (Como que ya no duras con 5 actividades perfectas en un día para lograr la vacación perfecta, que el cuerpo ya no es el mismo ni aguanta comer de todo sin indigestarte como cuando tenías 20 y todo lo que muchas veces se acumula sin decir, que alimenta sin medida esas expectativas que te pones desde antes para tener todo controlado y perfecto en todo y con todos)

Las altas expectativas no nos dejan permiso para el error, no dejan entrar la creatividad. 

Las altas expectativas nos acompañan diario como esos peces que nadaban con nosotros para poder con todo: trabajo, hogar, negocios, vida, pareja... pero la verdad es, que no siempre pudimos controlar hacia dónde seguirlos, ellos cambiaban de rumbo sin avisar.

Pero a pesar de los cambios que nos van pasando con la edad y con los retos de cada etapa, las cristalinas aguas en el mar de "El Cielo" te vuelven a recordar que no pierdas la calma, que practiques la claridad en donde estás parado el día de hoy decidiendo qué tipo de vida realmente quieres tener.

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Una suficientemente buena.

Con espacio para el error para que te deje descubrir algo nuevo.

Y es que, aprender a brincar de la lancha lo más lejos que puedas aún sin saber qué va a pasar, no es fácil.

Este viaje siempre tardé un poco.


Pero ahí estaba Alonso, ya en el agua haciéndome señas: "Lánzate"

Y me lancé.

Yo me descubro en lo que hago y trabajo, me siento tremendamente realizada. 

Siempre busco hacer lo mejor que puedo dar, lograr, alcanzar, poder; que salga el diseño perfecto, que tenga todo en tiempo, que la lista personal de actividades y deseos se vayan logrando al mismo tiempo que puedo con todo lo personal, y así ha sido desde hace muchos años.

Cuando conocí a Alonso ya estaba echada a "andar" pero muchas veces en todo este tiempo, me va como el regreso de esa laguna:

Llego sin aire con sólo ganas de flotar de muertito sin saber nada más.

"Si te peleas con el agua te vas a cansar" así me dijo Alonso todo el viaje.

Así me dijo cuando me daba sus lecciones de cómo recibir una ola y cómo "enviarme de regreso en la siguiente para afuera"

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Así me dijo cuando me quería enseñar a soltar la rigidez y dejar que las olas me bailaran suavemente, porque si me mantenía atenta (Y no sólo terca como lo hice) me daría cuenta que el ritmo y movimiento que tomara, siempre y cuando estuviera atenta, yo la pasaría.

Así como muchas veces nos falta hacerlo para la chamba y la vida, para las exigencias de ambos.

Al estar ahí con sus milimétricas instrucciones de supervivencia y apuntes de no darle la espalda nunca al mar, lo recordé:

Nos exigimos demasiado y si no nos damos cuenta y estamos volteando para otro lado, nos cae la ola y terminamos revolcados.

Hay cosas difíciles de cambiar, (Nosotros tenemos un montón) pero si hay deseo y amor sí puedes dirigirlas hacia un rumbo mejor.

Leí que la palabra aventura viene del latín "adventurus" significa "a punto de suceder" siempre trae expectativa y emoción emprender algo nuevo, hasta un cambio de mentalidad es una aventura.

Es natural que busquemos momentos que nos permitan conectar fuera de la rutina tratando de encontrar algo más de lo que ya tenemos, tratando de descubrir esa aventura en cómo decidir a dónde y bajo qué criterios personales queremos construir para una vida mejor sin dejar salud de por medio, sin dejarnos nosotros.

Tratando de sumergirte con todo y los miedos, dejando que se los lleve la corriente pero volteando siempre a ver quién está a tu lado.


En lo profundo de un arrecife, sacaba la cabeza cada vez para buscarlo, ahí estaba, libre como nunca lo había visto subía y bajaba, subía y bajaba ayudándome cada vez que me acercaba a la lancha para que no me tragara la corriente o me fuera al motor. 

Me gritaba: ¡Nádale! ¡vas!

A veces cuando doy un taller volteo y a lo lejos lo veo, ahí está y no me tiene que decir nada, me conoce muy bien, sabe que yo estoy en mi medio donde se como nadarlo, pero saberlo presente y que mutuamente nos escuchemos hace que aprendamos a seguir siendo compañeros de viaje en lo profundo y en la nada.

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