Pollo jardín.

El título es muy corto, pero no se me ocurrió una mejor forma de visualizar dos cosas y dos recuerdos.

Cuando yo era niña, los fines de semana a mi papá le gustaba comprar pollos rostizados; no recuerdo muy bien si era así de frecuente o solo una vez al mes. Ya ven que dicen que uno solo recuerda fragmentos y no realmente cómo pasaron las cosas, aunque asegures que así pasaron las cosas. Entonces, realmente, así no pasaron las cosas y, aunque yo puedo decir que eran todos los domingos, estoy mintiendo y tal vez era solo una vez al mes.

También acostumbraba hacer el jardín los fines de semana. Lo observé por años: cómo cortaba el pasto, desmalezaba con un desatornillador o algún otro objeto inventado y redibujaba bien delineadas las áreas donde había grupos de plantas. Olía a pasto recién cortado con su podadora amarilla de dos llantas.

(Últimamente extraño hacer mi jardín por estar rehabilitando algunas partes de este esqueletito de pollo, pero sé que volveré).

A medida que fui creciendo y fui cocinando mis recetas, me di cuenta de lo difícil que es hacer que un pollo tenga el color como el que compras en las rosticerías. No sé si es ese dorado perfecto resultado de la experiencia del maestro rosticero o tal vez ese color artificial que les ponen a los adobos que tienen; no tengo idea. Pero lo único que recuerdo es que el pollo estilo ranchero, con sus tortillas y papitas cambray bien rodeado de ellas como un ejército, era una fiesta acompañarlo con su salsita martajada, de esas salsas que una amiga llama “salsa mal hecha” porque parece que nadie se preocupa por licuarla bien. Pero es ahí donde está su magia. El conjunto era delicioso, era un sabor muy único, que es muy difícil de repetir en casa.

Ya no quiero averiguar que les ponían. Obviamente, yo ya nunca pude emular un pollo ranchero en mi cocina porque hay que dejar a los que saben esa parte y esa magia que te pueden dar, sin que uno se esfuerce por imitarlos y me dediqué a hacer una versión más amable de las cosas. Yo le llamo a este pollo: “pollo jardín”.

Nunca hago piezas completas de pollo con hueso porque a Alonso no le gustan. Tengo que presentárselo ya desmenuzado. Muy de vez en cuando le digo: “Se me antoja un pollo rostizado,” me voltea a ver muy raro porque en su casa no se comían esos pollos cuando él era niño. Hace unas semanas me preguntó si se me antojaba uno y mis ojos se me iluminaron como el brillo de ese adobo de niñez. Le dije: “¡Sí!”.

Desde que nos conocemos es una carrilla total que me gustan esos pollos y, tal vez, no es realmente que me encanten o estén en mis platillos favoritos. Solo que el taquito con su pollo desmenuzado y ese sabor de la salsa roja me recuerda a la niñez y a la prisa por ganar las mejores piezas en una casa de seis integrantes, porque si se te “dormía el pollo” puras alas o pierna te tocaban. Era Domingo, amanecías viendo Chabelo en la única tv de la casa, salías a la cuadra con las vecinas, salías con los papás a hacer el super a Aurrera de Plaza México y luego por los pollos. Posiblemente las cosas no son tal cuál en el orden como las cuento, pero el jardín y el pollo rostizado estilo ranchero eran dos cosas de las que mi papá se hacía cargo y yo veía lo mucho que las disfrutaba.

Cuando me fui a vivir sola, varias veces les llevé yo esos pollos rancheros los Domingos.

(Este lo mariné con salsa de soya, paprika y ajo)

Honestamente, del pollo solo me gusta la pechuga sin piel. Me gusta porque es lo más carnocito y donde creo que se pueden hacer más platillos, como esta versión que me gusta y que le digo “pollo jardín”, porque siento que pueden convivir muchas cosas, como en un jardín pueden convivir muchas plantas, muchas variedades, muchos colores.

Y es lo que me gusta mucho de hacer este tipo de moldes: les puedes variar la textura y color con los distintos tipos de vegetales, y se hace como una especie de sauna al final, donde todo mundo aporta algo.

Mi pollo jardín nunca competirá con ese pollito ranchero de los fines de semana, con ese sabor único. Sabía a Domingos. Pero en la vida hay cosas que, a veces, aunque las quieras repetir, ya no son lo mismo, porque creo que los recuerdos se van deslavando un poco y está bien. Por eso decía: es muy aventurado decir que las cosas eran así. Uno realmente se acuerda de partes de esas cosas, pero, aunque te acuerdes de partes de ellas, a veces son lo suficientemente poderosas como para encontrarte un día haciendo tu propia versión del pollo y de la vida.

(Lo cubrí con una mezcla de una especie de chimichurri pero con orégano y tomillo fresco, un jardín aromático)

 

Preparación:

1. En un sartén, sellar la pechuga previamente marinada con aceite de oliva, mostaza, paprika ahumada, hierbas secas a su gusto, sal y pimienta.

2. Cortar la mezcla de vegetales al gusto. Yo blanqueo un poco los más duros durante unos minutos para que puedan hornearse parejo con los que son más rápidos.

3. En un bowl, marino los vegetales con los mismos ingredientes con los que mariné el pollo y, a veces, le pongo un toque de miel de agave.

4. Hornear aproximadamente durante 30–40 minutos. Mi horno es eléctrico y lo pongo a 450 °F.

 

Le contaba a Alonso que estaba escribiendo el pollo jardín y me dijo que sería una verdadera joya poner este video para cerrar mi escrito, (yo odiaba que cantara el jingle del anuncio, me chocaba, pero acepto que era super pegajoso).

Yo le dije que no lo iba a hacer y menos en el nuevo blog, pero como ya come más pollo rostizado y disfruta muchísimo los taquitos que le hago, y creo que nos vamos a tirar carrilla de aquí a viejitos, esto es en su honor:

https://youtu.be/TmuEXXl27P8?si=188qT-1k1ddn2Bgf

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