El tráfico que se sienta a la mesa.
Cuando uno decide recibir invitados en casa, navega entre varias cosas: Desde hacer la limpieza eligiendo estratégicamente qué es lo básico e importante, que desorden dejar que se vea y cuál debe ser ocultado; organizar los días de la semana en salidas a comprar cosas, hacer la planeación de preparación de alimentos -los de un día antes y los que se preparan al momento - y dejar la cocina limpia y despejada como pista para recibir el tráfico de los trastes, copas, cubiertos y vasos como aeropuerto que recibe aviones con pasajeros.
Hace muchos años, mi papá llegó un día con una sonrisa de oreja a oreja y una historia movidísima de cómo le tocó apoyar el tráfico aéreo de avionetas y jets privados de una desordenada comitiva de políticos que aterrizaba en Guadalajara para no sé qué cumbre de evento. Me contó cómo que tenía buen rato observando a el encargado en turno del evento corriendo de un lugar a otro sin resolver nada y se acercó a ofrecer ayuda: tomó la lista de aviones, horarios y empezó como director de orquesta a conseguir hangares y dar instrucciones en tierra haciendo equipo con el que debía aventarse solo la chamba.
Con la tablita de madera que contenía el listado de Estado y político por avión, su pañuelo en sus jeans y su navaja suiza como Señor de los de antes, le pasaba la información precisa al portador de la radio para que se coordinara con tráfico aéreo y tierra.
“El Capi” la hizo de “acomodador” dando un montón de instrucciones y logrando que todos bajaran a tiempo y se desplazaran de forma organizada en los hangares disponibles. Ese día sólo la persona que tuvo su ayuda fue testigo de lo que pasó. Unos días después, llegó mi papá con una carta que los organizadores del evento le mandaron reconociéndole cómo con su gran colaboró con la llegada de tanta avioneta privada puntualmente.
Recuerdo muy bien ese día: yo estaba en mi cuarto trabajando en la computadora y llegó a la casa tan feliz y orgulloso leyéndonos esa carta de felicitación.
En tan sólo una hoja bond tamaño carta 28 x 21 cm se puede guardar tanta felicidad.
No sé dónde quedó, nunca la encontré.
Hace unos días recordé cómo hace varios buenos años, Alonso y yo decidimos presentar a nuestros papás una Navidad, en ese entonces sólo éramos novios de tiempo pero no había el tema para los papás de casarnos, sólo los queríamos presentar.
Esa semana mi papá fue a mi depa como tres veces para arreglarme cosas: desde una chapa floja, revisó la taza del baño y hasta me compró un sifón nuevo para mi garrafón, solía de vez en cuando arreglarme cosas en el depa pero esa semana le contagié “el gran evento” y estaba revisando detalles innecesarios que los demás no iban a notar pero él era muy observador recuerdo con cariño cómo estaba pendiente si algo no funcionaba o qué me hacía falta. Bueno, hasta mis queridos vecinos me dejaron sus llaves esa Navidad por si tenía que entrar a la cocina de su departamento a buscar algo de último minuto.
Hace días tuve una reunión en casa y preparando todo reflexionaba en los rituales que se hacen para preparar una casa para recibir invitados. Dentro de la preparación previa suelo hacer esas diminutas cosas que muy posiblemente no se ven pero yo sé que existen y permiten que todo se acomode mejor. Hay cosas que son importantes para mí y tal vez para alguien más no tanto; dentro de mis prácticas y otras obsesiones, por ejemplo: la cocina debe de estar limpia antes de que empiece cualquier reunión, para mí es vital porque permite tener la pista despejada para recibir todo el desfile de platos y el ir y venir de la comida y yo voy controlando ese “Tráfico”.
Con los años uno va conociendo a su comitiva: lo que toman, cuánto tiempo se van a quedar y el tipo de comida que se va a preparar, y de vez en cuando, la pista de la cocina se abarrota con reuniones donde no sé qué va a pasar cuándo son invitados nuevos o llevan a alguien que no conozco. Como esas extrañas veces que alguien quiere cocinar o armar algo desde cero en tu cocina sin previo aviso y necesita que le des todo porque no conoce dónde están las cosas.
Preparar, recibir, limpiar, dar, acomodar. No importa si es comida comprada o hecha por mí, siento que recibir en casa es un acto de dar al otro y ofrecer lo que tienes con las ganas de que el otro lo disfrute y la pase bien. Es un tráfico bonito, a veces pesado en la limpieza pero uno vuelve y vuelve a repetir cuando las sobremesas y el compartir vale la pena.
Cuando era niña no eran comunes las reuniones en mi casa, yo empecé a disfrutarlo y hacerlo mío cuando me fui a vivir sola. Me encantaba tener mi espacio y disfrutaba los pequeños detalles, no sé exactamente cómo se fue desarrollando el gusto y el exceso de platos y manteles, pero a veces pienso en lo más simple: dar cariño.
Yo sentía mucho cariño cuando mi papá me ponía tanta atención y me hacía sentir vista en todo que no sé, posiblemente nuestras buenas experiencias se reacomodan al paso de los años y las vamos exhibiendo en diferentes tipos de muestras por la vida. Cada rato imagino esas reuniones donde se sienten las ganas de compartir y un despliegue de cosas sencillas y bonitas donde ser visto, valorado y recibido hace un buen recuerdo con las personas que van cruzándose por la vida.
Me gusta recibir ese tráfico que se sienta a la mesa.

